creatividad@pabloardid.com
653 55 04 80

En tu memoria.

Antonio era una persona muy mayor. El movimiento de su cuerpo era lento, precavido, inseguro. Paquita era su única compañía. No necesitaron a nadie más en sus vidas. Iban juntos a todas partes, reían juntos y disfrutaban juntos. Pero, un día, ya hace 164 días, los besos de su mujer se convirtieron en cenizas.

Desde entonces, Antonio se fue deteriorando. Le costaba recordar cada vez más y él lo notó. No tenía miedo a morir, tenía miedo a olvidarla.

Todas las mañanas iba a comprar el periódico y leía todo lo que el buen tiempo le permitía. Siempre, antes de comer, iba a una ferretería, compraba unos tornillos y se volvía a casa.

    – “Tilín” – así sonaba la campana cuando entraba a la tienda. –    

    – Buenos días, Antonio. ¿Qué tal está? – Siempre le decía lo mismo el dependiente. –

    – Bien, no me quejo

Antonio entraba directo a por lo que buscaba. No tenía mucho interés en pararse a saludar. Y así pasaban los días. Antonio había cogido esa rutina diaria y ni la lluvia le impedía ir a por sus tornillos.

Una mañana, como siempre, bajó a la calle. Ese día no se encontraba muy bien y decidió ir directo a la ferretería. Como cada mañana:

    – “Tilín”

    – Buenos días, Antonio. ¿Qué tal está?

    – Bien, no me quejo.

Fue directo a la sección de siempre, pero sus tornillos no estaban.

Antonio daba vueltas por la tienda, y ya había olvidado qué hacía allí. Buscaba sin saber qué quería encontrar. Cuando sonaba el “tilín” de la campana, Antonio, cada vez más agobiado, volvía a la zona donde siempre habían estado sus tornillos. Sabía que había ido a por algo, pero no se acordaba por qué y eso, le hundía más en su olvido. Estaba desorientado porque Paco, el dependiente y dueño de la ferretería, había cambiado todo de sitio.

Antonio llevaba más tiempo de lo normal dando vueltas por la tienda. Él siempre entraba, cogía la caja y salía. El dependiente de la tienda se dio cuenta.

  – Antonio, ¿está usted bien? 

Antonio se asustó y se giró para mirar a Paco. Le dijo con lágrimas en los ojos:

  – ¿Quién es usted?, ¿qué hago aquí?

Antonio tenía la cara desencajada. En ese momento su enfermedad atacaba con todas sus fuerzas bloqueando su memoria. Paco intentaba calmarle, pero él seguía andando por la tienda cada vez más estresado.

Por fin, ahí estaba, esa cajita verde era inconfundible. Antonio corrió hacia ellas (todo lo que su cuerpo le permitió) cogió una caja y, como si no hubiera pasado nada, fue a pagar.

Antonio iba caminando hacia su casa con sus tornillos. Cogía la caja con las dos manos, como si cogiera algo muy valioso, como si le fuera la vida en ello. Al llegar, dejó la cajita sobre la mesa donde habían un montón de ellas. Cogió un tornillo y lo puso en la pared. Antonio nunca había sido un manitas, pero se apañaba.

Sobre el tornillo colocó un cuadro de su mujer. Ese era el número 164. Se había empeñado en no olvidarla, y la cajita verde le ayudó a seguir recordándola.

Privacy Settings
We use cookies to enhance your experience while using our website. If you are using our Services via a browser you can restrict, block or remove cookies through your web browser settings. We also use content and scripts from third parties that may use tracking technologies. You can selectively provide your consent below to allow such third party embeds. For complete information about the cookies we use, data we collect and how we process them, please check our Privacy Policy
Youtube
Consent to display content from Youtube
Vimeo
Consent to display content from Vimeo
Google Maps
Consent to display content from Google